Marx (Carlitos) decía en su libro El 18 brumario de Luis Bonaparte que, tal como sostenía Hegel, los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen dos veces. Pero el agrega un detalle: la historia se repite una vez como tragedia, y luego como farsa.En 1929 el mundo se sumía en una profunda crisis “global” que en este tiempo parece resurgir. En estos días también, el político Al Gore (devenido ecologista, como Echarri y Pergolini) denuncia en su documental Una verdad incómoda cómo el hombre está modificando el clima del planeta, generando el caldo de cultivo para una gran catástrofe de consecuencias apocalípticas, que no excluye su propia destrucción. En aquellos años finales de la década del ‘20, quizás menos glamorosos, Freud redactaba su célebre y atrapante ensayo El malestar en la cultura. Cuando me siento en las mesas de café con mis amigos (y tomando el recaudo de no tener ningún entendido en la materia a menos de 10 metros) suelo hacer esta sinopsis de almacén sobre el inspirado artículo: Freud decía que si por nuestros instintos primordiales fuera, nos pasaríamos los días como perros salvajes tratando de estar con todas las minas y, además, mirándonos con recelo y matándonos a palos entre nosotros. La “cultura” viene a poner un freno a esas pulsiones, a salir de garante del orden en la “civilización”. La cuestión decisiva para el destino de la especie humana -plantea Freud- pasa por saber si el desarrollo cultural logrará (y en caso afirmativo en qué medida) dominar la perturbación de la convivencia que proviene de la humana pulsión de autodestrucción y aniquilamiento.
Hoy que vuelve el frío de una vez por todas (en los lugares "serios" de la Tierra debe hacer frío), vuelvo yo a este texto que ya tengo todo subrayado (a esta altura el resumen -lo no subrayado- abarca un par de nexos coordinantes y alguna que otra nota al pie). Transcribo algún fragmento, con la esperanza fervorosa de despertar en alguien las ganas de leerlo entero.
“Puesto que la cultura impone tantos sacrificios no sólo a la sexualidad, sino a la inclinación agresiva del ser humano, comprendemos mejor que los hombres difícilmente se sientan dichosos dentro de ella. De hecho, al hombre primordial las cosas le iban mejor, pues no conocía limitación alguna en lo pulsional. En compensación, era ínfima su seguridad de gozar mucho tiempo de semejante dicha. El hombre culto ha cambiado un trozo de posibilidad de dicha por un trozo de seguridad.”
“La existencia de esta inclinación agresiva que podemos registrar en nosotros mismos y con derecho presuponemos en los demás es el factor que perturba nuestros vínculos con el prójimo y que compele a la cultura a realizar su gasto (de energía). A raíz de esta hostilidad primaria y recíproca de los seres humanos, la sociedad culta se encuentra bajo una permanente amenaza de disolución. El interés de la comunidad de trabajo no la mantendría cohesionada; en efecto, las pasiones que vienen de lo pulsional son más fuertes que unos intereses racionales. La cultura tiene que movilizarlo todo para poner límites a las pulsiones agresivas de los seres humanos, para sofrenar mediante formaciones psíquicas reactivas sus exteriorizaciones. De ahí el recurso a métodos destinados a impulsarlos hacia identificaciones y vínculos amorosos de meta inhibida; de ahí la limitación de la vida sexual y de ahí, también, el mandamiento ideal de amar al prójimo como a sí mismo, que en la realidad efectiva sólo se justifica por el lado de que nada contraría más a la naturaleza humana originaria. Pero con todos sus empeños, este afán cultural no ha conseguido gran cosa hasta ahora. La cultura espera prevenir los excesos más groseros de la fuerza bruta arrogándose el derecho de ejercer ella misma una violencia sobre los criminales, pero la ley no alcanza a las exteriorizaciones más cautelosas y refinadas de la agresión humana.”
Un gran poeta, dice Freud, puede permitirse expresar, al menos en broma, verdades psicológicas muy mal vistas. Así, en Gedanken und Einfälle, Heine confiesa: “Yo tengo las intenciones más pacíficas. Mis deseos son: una modesta choza con techo de paja, pero un buen lecho, buena comida, leche y pan muy frescos; frente a la ventana, flores, y algunos hermosos árboles a mi puerta; y si el buen Dios quiere hacerme completamente dichoso, que me dé la alegría de que de esos árboles cuelguen seis o siete de mis enemigos. De todo corazón les perdonaré, muertos, todas las iniquidades que me hicieron en vida…sí: uno debe perdonar a sus enemigos, pero no antes de que sean ahorcados.”
M. le Ch.
No hay comentarios:
Publicar un comentario