No esperes mis palabras, ni consejos
ya; libre, sano y recto es tu albedrío,
y fuera error no obrar lo que él te diga:
y por eso te mitro y te corono.
PURGATORIO, XXVII, 139-142
ya; libre, sano y recto es tu albedrío,
y fuera error no obrar lo que él te diga:
y por eso te mitro y te corono.
PURGATORIO, XXVII, 139-142
El ulterior recodo de camino compartido nos sorprendió entrada la mañana. No hubo, llegada la ocasión del adiós, lugar para pesares ni aflicciones. No hubo siquiera un último ademán que señalara el estudiado final. El maestro prefirió la elocuencia del gesto: una expresión de alivio, el semblante despreocupado, indicaban que el remoto designio había sido otra vez repetido y cumplido; Virgilio podía entonces descansar, entregarse -de nuevo- a su antiguo sosiego.
Al retomar la senda lloré con negra amargura su partida. El arduo derrotero del Infierno, los prolongados abismos y el incesante frío de la luna inducían ahora mi fatiga; la sed por la revelación divina y un irrefrenable deseo de candor deberían sobreponerme a su abandono.
Pensé largamente en él, condenado al exilio eterno de los que ignoraron la Cruz. Me maravillé al creer que, secretamente, irrumpiendo en mis sueños, el poeta de Mantua había ejecutado un plan urdido en algún tiempo primero del que quizás los hombres ya no guarden memoria. Él, el que había desdeñado los humanos medios, el que no quería cruzar orillas remotas sin más remo ni velas que sus alas, volvía sereno al postergado sueño, arrojando sobre mí la custodia de los infinitos versos por venir.
Ahora soy yo el poeta, el Nombre del poeta. Un demiurgo de lo indecible, un niño disfrazado de hombre, un hacedor de mágicos mundos, pueden venir prontamente por mi guía y debo estar dispuesto para acompañarlos.
M. le Ch.
No hay comentarios:
Publicar un comentario