Le voy a dedicar esta vez un par de renglones a un personaje nefasto: Tintín. Anticipo que no voy a decir nada nuevo: simplemente daré rienda suelta a mis ganas de denigrarlo, soltando algún que otro dato a esta altura archiconocido. Pero con la esperanza de que algún lector despistado que caiga de casualidad por estos lares termine odiándolo tanto como yo.Sobrada fama tiene la -para mí (leer con tono bilardesco)- infame serie de historietas “Las aventuras de Tintín”, pero vamos de todos modos con alguna información introductoria: el autor era un tal Georges Remi, belga, cuyas iniciales al vesre y pronunciadas en francés conforman el seudónimo con el que publicaba: Hergé. Para los marketineros, vaya el dato de que esta basura vendió más de 200 millones de ejemplares y fue traducida a más de 60 idiomas. Tal era –y es- el éxito y la difusión mundial de la historieta que hasta se dice que el mesmessemo general de Gaulle le dijo alguna vez a André Malraux: ¡Au fond, vous savez, mon seul rival international, c’est Tintin” (“En el fondo, usted sabe, mi único rival internacional es Tintín”).
Este muchacho Hergé comenzó a publicar en 1929 las aventuras por entregas en Le Petit Vingtième, que era el suplemento infanto-juvenil del diario belga Le Vingtième Siecle. Este diario era dirigido por el también belga Norbert Wallez: el tipo era abate y periodista. Había sido voluntario en la Gran Guerra; era ultraconservador, admiraba a Mussolini, era antisemita y anticomunista: el candidato ideal para compartir palco con Cristina, Hebe y D’Elía. Parece que Norbert lo tenía bastante alquilado a Hergé: le quemaba la cabeza con sugerencias y hasta le consiguió un hueso: Georges se casaría en 1932 con la secretaria de Wallez.
La primera de las historietas de la serie, “Tintín en el país de los Soviets”, es una sátira -bastante rudimentaria pero sátira al fin- del régimen comunista. En Moscú, el perspicaz Tintín descubre que los Soviets hacen votar al pueblo poniéndole armas en la sabiola; y que las fábricas “modelo” son en realidad edificios vacíos empleados para engañar a los visitantes. La “propaganda” del régimen funciona a pleno, pero Tintín, que es un piola bárbaro y tan intrépido como para rascarle el bigote a Stalin, en seguida descubre la verdad de la milanesa. A veces pienso que si Hergé reescribiera la historieta hoy, podría llamarla “Tintín en el Conurbano Bonaerense”.
Pero no es de esta visita a la tierra de los zares que quiero hablar: sólo concentrarme en la que fue la segunda aventura: “Tintín en el Congo”, publicada por entregas entre 1930 y 1931, que narra las peripecias del reportero rubiecito en la -por ese entonces- colonia del Reino de Bélgica en el África.
La lectura no admite demasiadas complicaciones: Hergé era un guionista bastante básico, y la visión del mundo desde sus gafas colonialistas y racistas a lo sumo admiten una vuelta de tuerca desde la repugnancia para pasar a considerarlo desde la risa. No es el espíritu mío ni el de mi jefe (Robespierre) hacer relecturas berretas de la historia “a la Felipe Pigna”. Simplemente dejarles un pequeño inventario de viñetas (que pueden disfrutar con el BubbleShare o consiguiendo una edición pirata) que no tiene desperdicio:
- En la edición original, Tintín aparece en una escuelita-rancho enseñándoles a los “negritos” que su patria es Bélgica. Luego esta viñeta fue cambiada por otra en la que les revela –a través de la magia del álgebra- que dos más dos es igual a cuatro.
- En otra de las viñetas aparece haciéndose llevar con su perro (un cuzco de dudosa virilidad parecido a “Jazmín” de Susana) en un carro arrastrado por cuatro morochones.
- Se muestra también enseñándoles a los grones a compartir: agarra un sombrero de paja y lo parte en dos, repartiéndolo en sendas mitades entre dos nativos. Ellos -retardados- felices cada uno con su tajada.
- En otra le da por dispararle en la boca a un cocodrilo. Como no se le da, le traba la mandíbula con una escopeta “para que aprenda”.
- Atado a un árbol en el lecho de un río, unos cocodrilos vengativos y malvados (tal vez parientes del anterior) abren sus fauces para “entrarle” (¿lo ven tiernito?). Por suerte aparece un cura en una lancha y los baja a todos a escopetazos. Amén.
- Caminando por la selva ve un cervatillo entre los matorrales y (nunca vio Bambi) saca el rifle y descarga un cargador completo. En el cuadro siguiente observa admirado que mató como diez antílopes. Fue sin querer.
- Más tarde, “Gatillo Fácil” le apunta a un pobre mono que pasaba por ahí. Como está bastante afilado, obviamente lo emboca. Paso seguido saca una cuchilla y lo desolla. Y, ya que estamos…
- Para seguir despuntando el vicio, acribilla a balazos en la cabeza un elefante. Acto seguido, para mostrarnos que no ha corrido sangre animal en vano, aparece cargando los “marfiles” al hombro. Justa causa.
- Situación sublime vivimos cuando se enfrenta a un “temible” rinoceronte (que está pastando sin darle bola, quizás confundiendo al rubietón reportero con un canario). Viendo que la balacera no surte efecto sobre el cuero del animal, utiliza toda su astucia europea para acercarse al unicornudo hervíboro con una perforadora, realizarle un “agujerito” en el lomo, ubicar allí un cartucho de dinamita y…¡hacerlo detonar! Nos enteramos luego (al ver despedazado el cadáver del animal, al que sólo reconocemos por los vestigios de su personalísima protuberancia) que al mozalbete se le fue la mano con la pólvora. Ufa.
- Finalmente, confirmando que lo que vivimos a lo largo de las 62 páginas de la aventura es una enciclopedia de virtudes que el jovenzuelo ejerce con fruición redentora en territorio bárbaro, aparecen nuevamente los negritos/retardados en la tribu alabando un tótem del blondo mancebo, y haciendo correr la bola que, en Europa, “todos los pequeños blancos ser como Tintín”.
Personalmente, bien muerto Hergé, me quedo con ganas de ver a su gallardo personaje enfrentándose con la barra brava de Flandria. Y si quiere venir con el perro, que venga también.
M. le Ch.
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1 comentario:
Excelente crítica de tan pusilánime personaje de la historieta mundial. Tengo entendido, que al perro del joven copetudo, amanerado can llamado Milú, lo cocinaron en un restorán chino de la Av Cabildo. Pero solo son rumores de la mafia coreana de Colegiales
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