EL SILENCIERO - ANTONIO DI BENEDETTO. Sucede en una escena de la película El último rey de Escocia: herido en una mano al embestir su vehículo contra una vaca en una carretera rural de Uganda, el presidente Ibi Amín envía en misión apremiante gente de sus milicias en busca de un médico que lo asista. Éste es encontrado en las proximidades: un escocés en busca de aventuras que venía de presenciar un discurso del dictador en una población cercana.
Ya frente a Amín, rodeado de militares que vigilan la situación con sus fusiles cargados, el médico intenta proceder con la curación. Pero algo lo perturba y lo distrae, impidiéndole seguir: es el mugido contínuo, ahogado y sufriente del animal atropellado, que agoniza a un costado del camino. Trastornado (y quizás también apiadado) el doctor toma -en un impetuoso arrebato de confianza- el arma que el tirano porta en su cintura y dispara sin vacilar sobre la cabeza de la res.
Sobreviene un momento de ligera conmoción (más por la osadía del arma usurpada que por el propio sacrificio), pero a la vez, voces y quejidos se callan y se impone la calma. Por unos segundos la escena es muda, el orden del mundo parece restituido y el escocés cura la mano que tenía que curar.
Pensando en esa escena me transporté desde Uganda hacia alguna ciudad de América Latina en la posguerra tardía, allí donde Antonio Di Benedetto sitúa espacial y temporalmente su novela El silenciero: la historia de un sujeto que experimenta una fobia radical hacia todos y cada uno de los ruidos provocados por la civilización.
Publicada originalmente en 1964, El silenciero puede leerse como el relato de una pesadilla liviana en el peor de los sentidos: el malestar es ligero en apariencia, pero está cargado de una significación por momentos fatigosa, agobiante. Conforme avanza la historia, parecen corroerse los cimientos sobre los que se asienta la racionalidad de su protagonista. Los hechos (los ruidos) que se suceden y arman la trama son en su mayor parte triviales, sutiles, intrascendentes; pero cada uno de ellos se suma sobre el anterior conformando una sinfonía deforme, disonante, que ubica al narrador / protagonista en los márgenes del delirio y de la furia. Un estado febril lo acompaña de principio a fin: fiebre generada por la añoranza de aquel elemento primordial que se revela ahora como una quimera inalcanzable: el silencio.
Así, el inventario de pesares, angustias y sinsabores vivenciados por el silenciero es un catálogo del ruido que no excluye dislates y situaciones de registro grotesco. Se suceden el motor en marcha de un ómnibus detenido durante horas en el fondo de su casa, la construcción de un taller mecánico en el terreno lindante, ruidos de tornos y vendedores ambulantes, el relato radial de una carrera de automóviles que dura...veinte días, el emplazamiento de una feria de frutas y verduras en su vereda, el descanso en una habitación de hotel contigua a una herrería.
Y luego las sucesivas mudanzas, un nueva casa al lado de una calesita; otra, con un night club embutido en el suelo; otra, contigua a una cervecería. Y la inauguración de un club social con bailes del otro lado de la medianera, y un taller de motocicletas, y siempre el ruido, perturbador, irritante.
El silenciero termina perdiendo en la lucha contra el ruido su propia libertad. Se justifica en una reflexión sumaria, al pensarse “Mártir de la pretensión de vivir mi vida y no la vida ajena, la vida impuesta”. La carcel, en tanto espacio físico de castigo, reviste en el universo del silenciero un carácter meramente formal; es una habitación más de un mundo que ya le es hostil en su totalidad, un escollo más en el laberinto sin salida de su aventura metafísica contra el ruido: el ruido como síntoma de un mundo que duele, el ruido que aleja al individuo de una armonía primera, originaria. El ruido como espada sonante y agresiva de la cultura, como imposición del tiempo y de las formas del otro sobre las propias.
El silencio y el ruido, entonces, como dos arquetipos míticos, epítome cada uno de ellos de conceptos que exceden sus significados: orden primordial y felicidad, civilización y desdicha.
Ya frente a Amín, rodeado de militares que vigilan la situación con sus fusiles cargados, el médico intenta proceder con la curación. Pero algo lo perturba y lo distrae, impidiéndole seguir: es el mugido contínuo, ahogado y sufriente del animal atropellado, que agoniza a un costado del camino. Trastornado (y quizás también apiadado) el doctor toma -en un impetuoso arrebato de confianza- el arma que el tirano porta en su cintura y dispara sin vacilar sobre la cabeza de la res.
Sobreviene un momento de ligera conmoción (más por la osadía del arma usurpada que por el propio sacrificio), pero a la vez, voces y quejidos se callan y se impone la calma. Por unos segundos la escena es muda, el orden del mundo parece restituido y el escocés cura la mano que tenía que curar.
Pensando en esa escena me transporté desde Uganda hacia alguna ciudad de América Latina en la posguerra tardía, allí donde Antonio Di Benedetto sitúa espacial y temporalmente su novela El silenciero: la historia de un sujeto que experimenta una fobia radical hacia todos y cada uno de los ruidos provocados por la civilización.
Publicada originalmente en 1964, El silenciero puede leerse como el relato de una pesadilla liviana en el peor de los sentidos: el malestar es ligero en apariencia, pero está cargado de una significación por momentos fatigosa, agobiante. Conforme avanza la historia, parecen corroerse los cimientos sobre los que se asienta la racionalidad de su protagonista. Los hechos (los ruidos) que se suceden y arman la trama son en su mayor parte triviales, sutiles, intrascendentes; pero cada uno de ellos se suma sobre el anterior conformando una sinfonía deforme, disonante, que ubica al narrador / protagonista en los márgenes del delirio y de la furia. Un estado febril lo acompaña de principio a fin: fiebre generada por la añoranza de aquel elemento primordial que se revela ahora como una quimera inalcanzable: el silencio.
Así, el inventario de pesares, angustias y sinsabores vivenciados por el silenciero es un catálogo del ruido que no excluye dislates y situaciones de registro grotesco. Se suceden el motor en marcha de un ómnibus detenido durante horas en el fondo de su casa, la construcción de un taller mecánico en el terreno lindante, ruidos de tornos y vendedores ambulantes, el relato radial de una carrera de automóviles que dura...veinte días, el emplazamiento de una feria de frutas y verduras en su vereda, el descanso en una habitación de hotel contigua a una herrería.
Y luego las sucesivas mudanzas, un nueva casa al lado de una calesita; otra, con un night club embutido en el suelo; otra, contigua a una cervecería. Y la inauguración de un club social con bailes del otro lado de la medianera, y un taller de motocicletas, y siempre el ruido, perturbador, irritante.
El silenciero termina perdiendo en la lucha contra el ruido su propia libertad. Se justifica en una reflexión sumaria, al pensarse “Mártir de la pretensión de vivir mi vida y no la vida ajena, la vida impuesta”. La carcel, en tanto espacio físico de castigo, reviste en el universo del silenciero un carácter meramente formal; es una habitación más de un mundo que ya le es hostil en su totalidad, un escollo más en el laberinto sin salida de su aventura metafísica contra el ruido: el ruido como síntoma de un mundo que duele, el ruido que aleja al individuo de una armonía primera, originaria. El ruido como espada sonante y agresiva de la cultura, como imposición del tiempo y de las formas del otro sobre las propias.
El silencio y el ruido, entonces, como dos arquetipos míticos, epítome cada uno de ellos de conceptos que exceden sus significados: orden primordial y felicidad, civilización y desdicha.
M. le Ch.
2 comentarios:
Excelente petiso!!!! me congratulo de tu prosa y espero más de semejante talento.
La gorda!
Espléndido el comentario, lástima lo de la vaca, hubiera preferido la solución de Kartun en "el niño argentino"
Seguiré tus comentarios como un perro andaluz
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