domingo, 16 de diciembre de 2007

MENSAJE DE NAVIDAD

El farmacéutico continuó:

- Vienen tiempos de sangre che, de venganza. Los hombres adentro de sus almas están llorando. Pero no quieren escuchar el llanto de su ángel. Y las ciudades están como las prostitutas, enamoradas de sus rufianes y de sus bandidos. Esto no puede seguir así.

Miró un instante a la calle, y después con la atención fijada como en un sonido interior, el jugador dijo con voz patética en el café del aburrimiento:

- Tendrá que venir un hombre, un ángel, yo qué sé. Se arrodillará en medio de la Avenida de Mayo. Los automóviles se detendrán, los gerentes de los bancos y los ricos de los hoteles se asomarán a los balcones y moviendo los brazos indignados le dirán:

“¿Qué quieres, tú, cara de sapo? No nos seas molesto –pero él se levantará- y cuando vean su carita triste y sus ojos encendidos de fiebre, a todos se les caerán los brazos, y él se dirigirá a los cogotudos, les hablará, les preguntará por qué hicieron mal, por qué se olvidaron del huérfano y machacaron al hombre y han hecho un infierno de la vida que era tan linda. Y ellos no sabrán qué contestar, y la voz del ángel postrero resonará de tal forma que se les pondrá la piel de gallina, y hasta los más rufianes llorarán.”

La bocaza del farmacéutico se deformó de angustia. Parecía que masticara un veneno elástico y amargo.

-Sí, es necesario que venga Cristo otra vez. Los hombres más perros, los cínicos más letrinosos sufren todavía. Y si él no viene, ¿quién nos va a salvar?

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