Un 17 de agosto de 1960, en el África ecuatorial, Gabón dejaba de ser colonia francesa. En Europa, el conjunto de rock The Silver Beats se rebautizaba como The Beatles y tocaba (todavía sin Ringo y con Pete Best en la batería) en el Indra Club de Hamburgo. En Sudamérica, se estrenaba en los cines de Buenos Aires “Un guapo del ‘900”. Dirigida por Leopoldo Torre Nilsson, la película se basa en la pieza teatral del dramaturgo entrerriano Samuel Eichelbaum, publicada originalmente en 1940. La obra pone en relieve la figura de un compadrito de principios del siglo XX, ubicándolo en el ambiente de caudillos y orilleros de la época. Destacan las actuaciones de sus protagonistas: Alfredo Alcón, para ese entonces un joven de 30 años que encarna al guapo Ecuménico López, Lydia Lamaison, que toma el papel de Doña Natividad (madre de Ecuménico), y Duilio Marzio, que hace las veces de Clemente Ordóñez, el villano adúltero que seduce a la mujer del caudillo Don Alejo (Arturo García Buhr), afrenta ésta que -en pos de salvar el honor de su patrón- el fiel Ecuménico decide vengar. A la película no le sobra nada; quizás allí resida la mayor de sus virtudes: actuaciones ajustadas, una historia simple y lineal que sirve para ilustrar, solapadamente y barroquismos aparte, algunos usos y valores de la época. El guión es maravilloso y bien honrado por quienes lo representan. Allí me detengo, rescatando un fragmento que ilustra el reencuentro entre Ecuménico –convertido en un asesino prófugo- y su madre Natividad.Ecuménico: - Vieja, viejita, ¿ya no me esperaba pa’ este año?
Doña Natividad: - ¡Ya me estaban saliendo cayos en los ojos de tanto mirar pal’ frente!
Ecuménico: - Yo lo maté a Ordoñez vieja. El doctorcito ese le disfrutaba la mujer a Don Alejo.
Doña Natividad: - ¿Lo viste?
Ecuménico: - Como si lo hubiera visto. Ví toda la mugre. ¿Iba a dejar yo que lo sabía que su nombre se revolcara en la inmundicia? ¿Podía permitir yo que a un hombre de su temple, con quién sabe cuántos años de coraje encima, un adversario torcido y una hembra vacía lo hicieran hocicar? He querido lavar un hombre por quien he peleado siempre. Lo estaban traicionando en lo más sagrado que le queda: su mujer. Yo no podía saberlo y dejarme estar como un maula. Me voy a entregar a la policía.
Doña Natividad: - Es una locura. La justicia tiene castigada a tanta gente inocente. ¿qué puede importarle que vos andes libre?
Ecuménico: - Pero es que yo he matado vieja. No quiero una libertad que me esté quemando los pies donde quiera que ande.
Doña Natividad: - ¡Esas son pamplinas!
Ecuménico: - ¿Pamplinas? Usted no me comprende…no ve que se me achica la vida…encerrado, aunque fuera pa’ siempre, no hay hombre que se me iguale en coraje, en lealtad, en honradez…¡detrás de las rejas hasta la osamenta de Ordóñez se levantaría para darme la mano!
Doña Natividad: - Así, recostao’ en mi regazo, como un caballo brioso pero cansado…te miro las crines, y las orejas, y el pescuezo…y me parece que es la primera vez que te veo. Necesito verte parao’ pa’ reconocerte. Mirarte la estampa pa’ saber que sos mi hijo. De a pedazos, sos como de otra leche.
Hablaba Borges en Evaristo Carriego de la dura y ciega religión del coraje, de estar listo a matar y a morir. Esa religión -dice- es vieja como el mundo, pero habría sido redescubierta, y vivida, en estas repúblicas, por pastores, matarifes, troperos, prófugos y rufianes. Su música estaría en los estilos, en las milongas y en los primeros tangos. He escrito -remarca- que es antigua esa religión; en una saga del siglo XII se lee:
-Dime cuál es tu fe -dijo el conde
-Creo en mi fuerza -dijo Sigmund
Esa fe viril -concluye Borges- bien puede no ser una vanidad sino la conciencia de que en cualquier hombre está Dios.
Que lo disfruten, y de paso, si les da la gana, busquen una copia de la película para mecharla entre los capítulos de Lost.
M. le Ch.
1 comentario:
El amigo entrerriano escribió algunos años despues sobre el mismo tema que atormentaba a un grande de la madre Rusia. A Fidor lo obsesionaba el tema del honor, la responsabilidad, la culpabilidad y la necesidad imperiosa de hacerse cargo de las consecuncias de nuestros actos. La necesidad de sentirse "limpios" lleva a algunos hombres al extremo de entregarse y hasta morir. Yo pensé que sólo un pueblo como el ruso tenia tanta hidalguía, pero parece que en Entre Rios también hubo gente asi.
Yo me voy a tomar un micro a Gualeguaycho pa' ver si encuentro a alguno de esos hombres, y si no lo logro al menos veo a la Carrozzo.
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