Es jueves a la noche. Mi mujer pesquisa con fervor las alacenas en busca de algún vestigio de cacao. Yo ejerzo mi sedentarismo, apostado inerte en un sillón. Me aturden los gritos de “Marce” aullando los puntajes de su concurso de patín. Cambio de canal, de continente, de siglo. Aparece Jean-Paul Sartre hace 40 años: 1967. Lo entrevistan un periodista de la revista “Les temps modernes” y una señora rubia con el pelo recogido que parece lugarteniente de Sigfried, el malo de KAOS en el Agente 86.Intuyo que la cosa puede ser interesante, enciendo la videocasettera y le doy con certeza y convicción al “play-rec”. En el acto, víctima de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, muere -grabada para nunca ser vista- la película Lluvia negra, una de Michael Douglas en la que -tengo entendido- se la ve fea con la Yakuza, la mafia japonesa.
A Sartre (el corrector se empecina en reescribir “Sastre”, como queriéndome forzar a escribir una reseña de aquella vieja gloria del Independiente de los años ‘30) lo apuran de entrada: lo interpelan sobre lo que la opinión pública consideraría una “paradoja” en su posición frente a la realidad. La contradicción viene planteada en estos términos: Sartre se muestra solidario con las luchas revolucionarias del Tercer Mundo, pero cuando lo llaman para acompañarlos en sus actos, manifiesta no tener tiempo porque “tiene que escribir sobre Flaubert”, desistiendo de estar en el “puesto de combate”. Por otro lado -entendido por el lado contrario-, le señalan que hay quienes creen que pierde su tiempo interviniendo en política, juzgando los horrores de Vietnam, y ejerciendo una suerte de activismo que, en opinión de estos últimos, son temas que no le conciernen. Ahí nomás el viejo toma aire, le da una pitada a su cigarette noir y se despacha de corrido con una respuesta de quince minutos en la que ensaya una definición de la intelectualidad.
Lo primero que aclara Sartre es que los dos comentarios que le acaban de enunciar llevan en común la ignorancia de lo que es un intelectual. Europa es, según su visión, y podríamos ampliar el espectro a Occidente, una sociedad capitalista llena de contradicciones. Plantea que los diferentes campos del saber práctico, entre los que se cuentan investigadores, científicos, ingenieros, médicos, escritores, son campos de reclutamiento, algo así como “la cantera”, “las inferiores” de la intelectualidad. Pero en estos campos el mero trabajo profesional no es sinónimo de vida intelectual. Para Sartre, el intelectual aparece a partir del momento en que el ejercicio de este oficio hace surgir una contradicción entre las leyes específicas de ese trabajo y aquellas que rigen la estructura capitalista. Cuando el científico descubre que el humanismo burgués que se pretende universal es en realidad un humanismo de clase, en ese momento, si encuentra esa contradicción, la encuentra simultáneamente en la sociedad y en sí mismo. A pesar de los conceptos burgueses que él mismo tiene por haber sido instruido y educado por los burgueses, al mismo tiempo –infiere Sartre- él siente que su propio trabajo lo conduce hacia una universalidad que es contraria a la de los burgueses y, en consecuencia, a la naturaleza de su propia constitución. Es entonces cuando se convierte en un intelectual: cuando descubre que custodia intereses que no son los suyos, que son opuestos a los intereses universales. En consecuencia, el intelectual denuncia esa doble contradicción. La denuncia porque la sufre, no porque la descubra fuera de sí. Descubre la alienación en sí mismo y fuera de sí mismo. El da testimonio por todos de su contradicción, que es la misma para los demás. Es decir, debe a la vez ejercer su oficio y comprometerse en la manifestación de las contradicciones de la sociedad. Una cosa no es posible sin la otra.
Sartre aclara que él tiene la posibilidad de un espacio para escribir a favor -por ejemplo- de la revolución cubana, gracias al renombre que -antes que eso- le había dado ser un escritor de novelas y ensayos. Dice estar de acuerdo con que los revolucionarios le exijan “todo” a sus amigos y compañeros, sólo que hay que saber qué significa ese “todo” para cada uno. El “todo” para el político no es el mismo que para el intelectual. El intelectual, para Sartre, no tiene ningún poder real, ninguna eficacia real. Sin embargo, por ser ineficaz es que puede servir.
Respecto a la postura más “reaccionaria” de aquellos que le critican que pierda tiempo ocupándose de asuntos militantes, Sartre dice que se trata simplemente de sus amigos, que gustan mucho de sus escritos y le piden una dedicación full time al lápiz y al papel.
Confieso: formulada la pregunta-reproche (algo así como “Usted mucho piripipí con las revoluciones y los postergados pero se la pasa todo el día sentadito teorizando sobre Flaubert”) y antes de atender a su respuesta, prejuzgué: “este tipo era al final un caretón más, como nuestros progres vernáculos que se la pasan cheguevariando desde los balcones de sus tres ambientes de Belgrano y Caballito (con amenities y security 24 hs), y que a la selva boliviana la pisan sólo arriba de una 4x4 con la mochila llena de espirales contra los mosquitos”.
Quince minutos después creo haber cambiado de opinión. Me voy a hacer imprimir en una remera una estampa del viejo Sartre con una boina en la cabeza, mirando con solemnidad al infinito.
M. le Ch.
1 comentario:
Al final El Cesar es como Sartre. Ahora entiendo porque al campeon del '78 le gustan Lutecia y los cigarrillos negros.
GRANDE CESAR!!!! (sus un incomprendido)
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