Hará más o menos unos ocho años, allá por los albores de la etapa “Camboya Profundo”, época en la cual podía pasar esquizofrénicos días con sus noches sin dormir y componiendo sin parar, escuché decir a Calamaro: “Ya no como milanesas ni miro TV. Abandoné la vida pop”. Andrés se había transformado en un artista un tanto oscuro, que permanecía semanas encerrado en su departamento grabando nuevos temas en un portaestudio de 4 canales, sólo interrumpido por las denuncias policiales de los vecinos o para despuntar el vicio -cuenta la mitología- de acercarse a alguna disquería para destrozar cidís de Charly García con un bate de béisbol. Preso de una creatividad anárquica, cantaba lo que le daba la gana; no mostraba la nariz (pensar en potenciales recitales era una quimera) y destilaba -al menos para mí- muchas de sus mejores canciones. Yo, que desde hacía muchos años disfrutaba de sus trabajos tanto en grupo como solista, comenzaba -en palestras de amigos o en reuniones familiares- a calificarlo como “el poeta del rock nacional” (esto sin negar que llegaba a ruborizarme un poco su abuso de la rima consonante). No faltaban sin embargo quienes me chicaneaban y lo descalificaban, comparándolo a un perro con faringitis. La posterior aparición de “El cantante” incrementó mis simpatías hacia él. Éste tipo saca un disco y canta ‘Sus ojos se cerraron’, está de vuelta, no le importa nada –pensaba. Su “regreso” me generó alguna expectativa positiva, y más allá del choreo del disco en vivo, el lanzamiento posterior de “Tinta roja”, un hermoso disco de tangos clásicos, lo volvió a poner “allá arriba” (reproducir gestito de Francella apuntando con los ojos al cielo y el puño ascendente). Pero Calamaro me defraudó con “La lengua popular”. Sectario, clasista o antipático, no puedo evitar pensar que es un disco digerido, 100% made pour la gilade. Algunos de sus temas me resultan simpáticos, más allá de ser efectistas (no me la quiero dar de entendido musical), justamente por lo calamaresco. Pero algunos otros me dan vergüenza ajena. No puedo concebir que aquel a quien defendía como “el poeta del rock nacional”, aquel que ya no comía milanesas ni miraba más TV, me cante impunemente “tengo abierto el minibar”. Lo que acrecienta mi pudor es ver como esta “creación” es multipremiada: como artista del año, como canción del año; en fin, me desilusiona ver que el triunfo venga de la mano de la vulgaridad. Pero bueno, me (les) guste o no me (les) guste, el vulgo prefiere la comida masticada.La contraparte de esto es “Rodolfo”, el último disco de Fito Paez: un piano y él. Letras hermosas, temas instrumentales, perfil bajo: pura virtud. Los que tuvieron la dicha de poder verlo -y escucharlo- presentándolo en vivo saben de qué les hablo. Más allá de que las críticas fueron de forma casi unánime excelentes, el disco pasó totalmente inadvertido; sólo un par de comentarios perdidos (otra vez la gilade) que le reclamaban por la ausencia de hits como en “El amor después del amor”. Canciones como ‘Cae la noche en Okinawa’ o el ‘Nocturno en sol mayor’ me dan a pensar que es otro el salmón que está nadando contra la corriente.
M. le Ch.
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