domingo, 16 de marzo de 2008

POESIA DE EL SALVADOR PARA EL DOMINGO DE RAMOS

El Salvador es un pequeño país de la América Central. Gran parte de su actual territorio, antes de la llegada del white man, era conocido con el nombre de Cuzcatlán, que en lengua nahuatl significa “el lugar de las cosas preciosas”. Comparte con nosotros una pertenencia, un lazo de sangre: Latinoamérica. Y también -expediciones de Hipólito Bouchard mediante- los colores de nuestra bandera. Yo, a falta de banderas, incluso quizás de identidad, comparto con ustedes ahora un par de textos breves de Alfonso Quijada Urías, un poeta y narrador salvadoreño. Vano hubiese sido el exordio si finalmente me despachaba con los escritos de algún autor nacido en otra parte: pongamos para el caso, en Angola.


oficio de iluminación

Soy indígena y para demostrarlo aúllo como lobo. La gente lo sabe, mas tratan de ignorarme dándome los oficios más ruines, pero yo aúllo más, hasta bajar la luna a la altura de mi nariz. Aún así siguen creyendo que es obra de lo sobrenatural y no de un pobre indígena, cuyo oficio consiste precisamente en aullar y hacer bajar la luna.

en algún lado de mi muerte

Como han sabido las gentes que ando afuera se han encerrado en sus casas, hasta mi padre ha pasado el pasador en la puerta de su cuarto y mis hermanos han buscado un lugar seguro. Las calles están vacías, sólo un viento levanta polvaredas con hojas y basuras. Dios mío, dice mi madre, qué hijo más bueno tengo yo, mi madre desde una ventana de la casa. Entonces ha venido una niña, quizás huyendo de sus padres, quizás inadvertida por su madre. Una niña, casi una mujer con el pelo amarillo y se ha clavado en mi mirada y ella ha comprendido. Ha vuelto despacito hasta su casa, despacio como quien lleva un plato de sopa hirviendo entre las manos, y luego ha regresado como una madre con sus hermanos, sus tíos, sus abuelos y las gentes han salido de sus casas y han venido hasta mí a mirarme los ojos y a celebrar la pérdida de mis facultades antiguas, porque en efecto estoy a un paso de aceptar que el poder está fuera de mi alcance en algún lado de mi muerte.




M. le Ch.

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